Ganadores “Horror Estelar”
Lobotomía sonora
Por Jacqueline Oliver Escobar “Joe”, estudiante de la Licenciatura en Economía de la UAEH
No se ha callado desde la lluvia de estrellas, aquella que nos asfixió de miedo y angustia. Siempre supe que llegaría de esa forma, pero jamás creí que me tocaría presenciarlo a mí. Ahora lo escucho cada segundo, una cacofonía parasitaria que incluso entre sueños, se apodera de mi mente.
Desde su llegada, me encuentro náufraga en la vigilia y he dejado de comer. Me ha imposibilitado de hacer algo más que estar expectante de su presencia en lo profundo de mi ser, taladrando cada día para lograr horadarme por completo.
No era la única, el cáncer sonoro se hunde en todos. Las calles se han vaciado, las pantallas murieron y las redes sociales, que jamás creí colapsadas, ya no sirven. Pareciera que la humanidad ha desaparecido insensiblemente, pero desde las casas vecinas apenas son audibles los gritos agonizantes y desesperados, que ruegan por un cesar de la tormentosa infestación que revienta su cráneo.
Bastaron dos días más para entrar en la completa desesperación, con cada minuto que pasa sus bisbiseos inundan todos los huecos de mi mente, ya no tengo recuerdos ni pensamientos claros, me he quedado tirada en el suelo desde anoche, gritando de agonía. Debe de haber una manera de poder sacarlo, de volver a ser libre, quizá…
Con las pocas fuerzas que me quedaban, sostuve un destornillador y penetré mis oídos, me hice una con la sangre que brotaba de mi interior y, por un minuto, dejé de sentirlo, sentí libertad. Pero, de pronto, apareció frente a mí. Su presencia haciéndose más fuerte, causándome náuseas y desesperación, se contorsionó sobre mí, dejando ver una grieta en su masa anti geométrica que, por un instante de cruel ilusión, interpreté como una sonrisa.
Nunca se irá.
La estación de las sombras
Por Diego Hernández Arellano Sistema Universitario de Medios Autónomos
Una voz áspera me arrancó de la inconsciencia: "Qué bien que despiertas". Mis ojos, aún nublados, distinguieron unas manos surcadas de cicatrices que me tendían un manual. "Esta será tu biblia. Encontrarás todo aquí: horarios, protocolos... Léelo. No quiero demorar tanto en capacitarte".
Sus ojos cansados me escudriñaron con fastidio y lástima. "¿Por qué solo enviaron ración para una persona? Estoy harto. Ayúdame con la radio".
Las semanas transcurrieron en una lentitud agonizante. El manual se convirtió en mi ley. Podría recitar cada regla: Revisar sellos cada seis horas. Las tormentas aumentan la actividad bio-lumínica. No confundir con señales de auxilio. Cumplía cada precepto, excepto uno: capturar a aquel ser de miembros largos y ojos profundos que merodeaba durante las tormentas. La "Sombra" no mostraba odio, sino una curiosidad dolorosa. Cuando la atrapamos, el viejo la odiaba; a mí me inspiraba ternura. Se convirtió en mi cómplice secreto.
Luego llegó el "rescate". La nave se acercó, y con precisión sospechosa, destrozó las comunicaciones. En el caos, las criaturas irrumpieron. El anciano, intentando sellar una brecha, fue alcanzado por un fluido negro. Cuando restablecimos el orden, ya no era él. Su piel se volvía pétrea, su cuerpo se retorcía. Un comunicado automatizado anunció un nuevo intento en 72 horas.
Vinieron por él. Solo abrieron la esclusa, recogieron lo que quedaba y se fueron entre nuevos ataques. "Regresaremos", mintieron.
Ahora soy yo el anciano. La Sombra huyó, llevándose consigo aquel gesto de piedad que nunca logré comprender. Mi reemplazo viene. Cuando llegue, le entregaré el manual, con manos que ya empiezan a marcarse. Le diré "qué bien que despiertas", ocultando el resentimiento que crece en mí. Él mirará con curiosidad hacia la oscuridad, sin saber que aquí todos perdemos lo que amamos para alimentar este eterno retorno.
El Ojo Nocturno
Por Luis Antonio Santos Romero “Ghostface”, egresado de la Licenciatura en Economía del ICEA
Algo no encaja hoy. El fulgor nocturno está presente conmigo. Pero algo me persigue desde un ángulo que no reconozco.
¿Cómo es que en una grieta o en cualquier lugar me encuentra? Siempre desde una arista tan fina... Camino por este callejón, ya no está donde debería estar siempre. Encontró un ángulo más sutil.
Hay días donde es más esquiva y otros donde su figura abominable alcanza el azimut o el cenit en varios cuadrantes. Busca la mejor tangente para perseguirme en mi ventana sin moverse físicamente. Lo sé: hasta en mi cama las sombras me siguen.
Tal vez sea mi imaginación… pero no puedo dejar de sentir que cada decisión que tomo ya está escrita por esa esfera silenciosa que me acecha en todos lados.
¿Por qué la luna está tan anticipada a mis movimientos a pesar de la distancia a la que está? ¿Tiene conciencia propia? Por más que huya, ese astro no está limitado por el tiempo ni el espacio. No sirve…
Los antiguos decían que cuando devoraba al sol, el mundo debía arrodillarse como respeto a su vasta omnipotencia; un poder capaz de crear calamidades en los ciclos agrícolas y un etéreo jugueteo con el agua de los mares.
Sé que vuelve cuando el frío me envuelve, a veces tenue, otras helante. Lo confirmo porque su luz me aprisiona. Simplemente, quiero correr y esconderme...
Incluso en el día, cuando no debería estar ahí, me acosa... Puede sobreponerse al sol y dejarlo como adlátere de su magnificencia. A veces no es la misma: cambia de forma, muestra relieves y grietas. Pero no hay ningún lugar donde no pueda vigilarme…
¿Por qué?
La luna, guía de los lapsos eternos, revela su rostro verdadero: no ilumina la oscuridad, sino que la contempla… Y nos devuelve su mirada.
Reúnenos
Por Julian Osorio Cortes “J. Cortes”, estudiante de la licenciatura en Psicología del ICSa
El grito me despertó, un “¡Bleeeeeeeaaaaagh!” largo, distorsionado, como un perro demoniaco aullando, había dormido dos horas luego de catorce de guardia junto al monolito que los mineros extrajeron en Leo-V, Marte. Negro, cuatro metros de largo
Caminé por los pasillos de la estación espacial, donde el eco del grito vibraba en las paredes, en la cocina encontré a uno de los mineros: sin ojos, la lengua apretada entre las manos, el cuerpo abierto hasta la garganta y en la pared, una palabra tallada con su propia sangre: “Reúnenos.”
El forense confirmó que nadie lo atacó, él se hizo todo eso a sí mismo… Desde entonces no pude dormir bien, ya que soñaba con su rostro mientras me miraba y… moviendo los labios destrozados alcanzaba a entender una palabra: “Reúnenos.”
James, mi compañero, aseguraba que el monolito nos observaba, que emitía un zumbido apenas reconocible, yo también lo oía y a veces sentía que venía de mis entrañas, cada vez que cerraba los ojos, el sonido cambiaba de tono.
Tiempo después se nos confirmó: “Es de origen alienígena”.
De la noche a la mañana todo se fue al demonio, los ingenieros y residentes de la estación matándose entre risas con sus cuerpos abiertos y sus interiores colgando, voces repitiendo como un canto al unísono: “¡Ya comienza! ¡Reúnenos!”
La estación está en cuarentena ahora, James fue acribillado después de que este masacrara a su familia… “Nos estoy reuniendo” decía él… Yo solo quiero dormir, pero el zumbido no se detiene, las paredes están cubiertas de una masa amarillenta… ¡Vive!
Siento que algo se mueve detrás de mis ojos, necesito sacarlo, ayudarlo a reunirse con el monolito. Espero que nos reúnan pronto.
Al fondo del pasillo, la luz se deforma, oigo risas y los mismos cantos de antes. El minero camina entre la multitud junto con James, les disparo… No se detienen.
Mi escopeta entre mi mandíbula, el zumbido ahora viene de mí y esto me ayudará a sacarlo… alisto el gatillo, estoy listo, a quien encuentre esta bitácora, REÚNENOS.
La EsPeRa TeRmIn…oOo.
Es H0Ra De3 ReUun