Una hechicera en Omitlán: María Antonia López
Por Arleth Sánchez Pelcastre, estudiante de la Licenciatura en Historia de México
Ilustración: Chat GPT
El Santo Oficio de la Inquisición fue una institución de la Iglesia encargada de perseguir delitos contra la fe, como la herejía, la blasfemia y la hechicería. En la Nueva España se estableció formalmente en 1571 y funcionó como un mecanismo de control social. En ese contexto, muchas acusaciones surgían de conflictos cotidianos o de la interpretación de enfermedades y sucesos extraños como hechos sobrenaturales. A continuación, se presenta un caso ocurrido en el Real de Omitlán en 1733, donde puede observarse cómo las acusaciones de hechicería se construían a partir de testimonios, creencias populares y tensiones sociales, así como la forma en que intervenía el Santo Oficio.
El 5 de diciembre de 1733, el comisario del Santo Oficio, Nicolás de Castañeda Avendaño, inició un proceso contra María Antonia López, mujer mestiza, vecina de Atotonilco el Grande, hija de padres agustinos y esposa de José Paredes. La acusación la señalaba como hechicera y responsable de haber maleficiado a su marido, a sus cuñadas y a otras personas cercanas. Los testimonios coincidían en la aparición de enfermedades extrañas, dolores persistentes y distintos malestares que eran atribuidos a causas sobrenaturales.
Uno de los testimonios más relevantes fue el de su esposo, José Paredes, quien declaró que un día, mientras comía, comenzó a sentirse mal: le dolía la garganta y poco después le aparecieron llagas en distintas partes del cuerpo. Ante la falta de mejoría, su cuñada María Catalina López comentó que aquel padecimiento no parecía natural y sospechó que Antonia podría haberle dado unos polvos dañinos. Catalina recordó que tiempo atrás ella misma había recibido de la acusada un preparado similar destinado a su propio esposo.
En busca de alivio, recurrieron a una curandera indígena, quien le aplicó hierbas medicinales y consiguió que mejorará ligeramente. Sin embargo, tiempo después su estado empeoró: los brazos comenzaron a encogerse y una de sus piernas se torció. La curandera aseguró entonces que posiblemente había algo enterrado causándole daño. Al revisar una piedra donde José acostumbraba sentarse, encontraron dos muñecos de papel con mal olor; uno tenía el pie torcido y el otro los brazos encogidos. Según quienes presenciaron el hallazgo, al mover los muñecos, el cuerpo de José reaccionaba de la misma manera.
Otro de los testimonios fue el de Miguel Ximénez, arriero, quien declaró conocer a María Antonia, aunque sin tener una relación cercana con ella. Relató que una noche, mientras pasaba cerca del cementerio, vio una figura femenina que lo llamó por su nombre. Poco después sintió una fuerza invisible que lo empujaba y lo derribaba repetidamente, mientras aquella figura se transformaba en un animal monstruoso parecido a un león. Al día siguiente despertó adolorido y lleno de golpes. Algunos vecinos le dijeron que posiblemente se trataba de Antonia López, ya que aquella noche no había dormido en su casa.
Con el paso del tiempo, Miguel enfermó y aseguró tener visiones de figuras deformes. También afirmó haber expulsado por la boca un pájaro sin cabeza y, más adelante, una víbora, hechos que, según declaró, fueron presenciados por otras personas. Posteriormente enfrentó a María Antonia acusándola de haberle causado daño; sin embargo, ella negó los hechos y se ofreció a llevarlo con una curandera. No obstante, Gertrudis, hermana de Miguel, declaró que la acusada pidió a la curandera no deshacer el supuesto hechizo y guardar silencio sobre el caso, incluso ofreciéndole dinero a cambio.
También declaró María Catalina López, hermana de la acusada, quien afirmó que años atrás María Antonia le había dado una hierba parecida al cilantro con la instrucción de administrársela a su esposo para evitar que le fuera infiel. Aunque le aseguró que no le causaría daño, Catalina decidió no utilizarla por temor a las consecuencias. Asimismo, señaló que cuando su cuñado José Paredes enfermó, sospechó de aquellos mismos polvos y remedios que podrían haber sido utilizados en su contra.
Por su parte, Nicolasa Paredes, cuñada de María Antonia, declaró que la consideraba hechicera debido a una experiencia personal. Según relató, sufría de una fuerte dolencia en una pierna que no podía estirar, además de un dolor constante en la cadera. Nicolasa relacionó estos padecimientos con problemas previos que había tenido con la acusada.
De igual manera, María Paredes aseguró haber sido víctima de María Antonia. Contó que, después de una discusión que incluso llegó a los golpes, comenzó a enfermar al día siguiente: presentó una inflamación en la garganta, dolores en los huesos y perdió la movilidad de uno de sus brazos. Hasta el momento de rendir su declaración, afirmó que continuaba padeciendo esos síntomas.
A pesar de las múltiples acusaciones y testimonios, el Santo Oficio no encontró pruebas suficientes para imponer un castigo severo a María Antonia López. La resolución final ordenó que debía confesarse diariamente durante dos meses, rezar el rosario todos los viernes durante un año y atender a su esposo. Así, entre enfermedades extrañas, relatos difíciles de comprobar y testimonios marcados por las creencias de la época, el caso de María Antonia López permite observar cómo se construían las acusaciones de hechicería en la Nueva España, a partir de los documentos conservados en el Archivo General de la Nación.
Bibliografía sugerida
Medina, José Toribio. Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en México. Edición de Julio Jiménez Rueda. México: Editorial Navarro, 1952.