La fachada que nunca se termina de pintar
Por Ciro Bladimir Tapia Mendoza1
Ilustración: ChatGPT
En Latinoamérica existe una misma vivienda a lo largo y ancho del continente, sin importar dónde se ubique. Cambia de país, de clima o de nombre en el plano catastral, pero la esencia es idéntica: una fachada pintada hasta donde alcanzó el dinero o, a veces, donde el capital ya no fue suficiente. Se trata de un hogar al desnudo, de color gris, un color que refleja espera. No luce así por descuido, sino por honestidad, pues ahí está escrita, sin maquillajes ni exaltaciones, la historia exacta de cuánto recurso entró y en qué momento se agotó el presupuesto.
Se aprende a leer estas edificaciones como cualquier otro texto en nuestro entorno. El primer metro de pintura narra un relato de esfuerzo; el bloque que sigue sin cubrir revela aquello que nadie describe en los discursos: la barrera de lo posible. La cuestión no remite al límite de las ganas, sino al del bolsillo, el cual en este continente casi siempre aparece antes de alcanzar el sueño completo. Y, sin embargo, la construcción permanece ahí, habitada desde la parte inconclusa, desde el calor del hogar y el mar de anhelos que persisten en cada persona. La familia no espera a que la pared esté terminada para vivir dentro de ella; la cotidianidad continúa mientras el tabique sigue al descubierto como un recordatorio diario de lo que falta.
Quizás esa sea la lección que el poder nunca termina de aprender. Las personas no detienen su cotidianidad a la espera de que el proyecto sea completado; la vida sigue, urgente, dentro de la obra negra. El discurso político, en cambio, siempre parece estar articulado como una fachada terminada. Llega con el color completo de pared a pared, con acabados finos y con la promesa de que no faltará nada más. Es ahí donde inicia el engaño más antiguo de la representación: hacer pasar por completo lo que apenas es una planta baja, donde las varillas aún persisten a la espera de construir un segundo piso, o pintar con palabras lo que la realidad financiera jamás alcanzó a cubrir.
Tal vez esa sea la razón del recelo ciudadano, un escepticismo que apela a la memoria, pues hemos visto múltiples fachadas en campaña que, una vez en el gobierno, se revelan exactamente como las nuestras: pintadas solo hasta donde alcanzó. Aunque esta vez la causa no es la falta de fondos, sino de voluntad. Existe, no obstante, otra lectura posible de esa vivienda sin terminar, una que no significa derrota, sino método. La obra negra no es el fracaso de un proyecto, es una forma honesta de existir mientras se sigue construyendo. La familia que habita bajo el tono gris no ha renunciado al color; lo está pagando mes a mes, al ritmo de la acelerada realidad actual. “Paciencia, quizás el siguiente mes podamos”, es una frase que en muchos hogares representa el motor para alcanzar los anhelos que se platican en la mesa a la hora de la comida.
Esta paciencia, tan incomprendida por quienes nunca tuvieron que practicarla, constituye en realidad una filosofía completa sobre cómo se sobrevive en este continente. Implica aceptar lo inconcluso sin renunciar a la conclusión, así como vivir en la obra negra sin dejar nunca de imaginarla terminada.
La verdadera pregunta de cualquier política pública debería ser entonces mucho más simple que cualquier promesa de campaña: ¿quién está pintando con el dinero de todos una fachada completa para sí mismo, mientras le vende a la población la idea de que vivir a medias es una opción y no una imposición?
Existen distintas formas de muros sin recubrir en la región. Está el de la familia, el cual es honesto y demuestra exactamente hasta dónde llegó su esfuerzo; este es el enfoque que en el espacio Almuerzos Políticos tratamos de visibilizar. El tabique desnudo no es una herida de la cual avergonzarse, es una bitácora de lucha que debe enorgullecer. No se trata de romantizar la precariedad, sino de comprender que cada metro sin pintar es también un tramo que sí se levantó con las propias manos, sin trampa y sin mayor deuda que con el tiempo. La fachada incompleta es, en el fondo, un certificado de integridad que ningún edificio con acabados de importación podrá igualar jamás.
Observa tu entorno. Cuando encontremos una vivienda a medio terminar en cualquier rincón, valdría la pena mirarla con introspección. Ahí no hay un fracaso, sino una historia en proceso, y toda historia en construcción todavía puede terminar de pintarse.
1Egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, ta400214@uaeh.edu.mx