Revista Gaceta UAEH

Bajo nuestros pies está el futuro del planeta


Por Otilio Arturo Acevedo Sandoval1
Fotografía


El suelo no habla, pero sostiene la vida; escucharlo es una responsabilidad de todos.



Bajo nuestros pies está el futuro del planeta

Cada amanecer nos recuerda que habitamos un planeta extraordinario: respiramos el aire que producen los bosques, bebemos el agua que la naturaleza purifica y nos alimentamos gracias a la fertilidad de la tierra. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que todo aquello que hace posible nuestra existencia depende del equilibrio de un sistema natural que hoy estamos poniendo en grave riesgo.

La Tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a ella. Somos apenas una generación de paso con la enorme responsabilidad de entregar a nuestros hijos y nietos un mundo más sano del que recibimos; esa es, quizá, la misión más importante de nuestro tiempo.

El cambio climático ya no es una advertencia para el futuro, sino una realidad que vivimos todos los días. Las temperaturas aumentan, los incendios forestales son más intensos, las sequías se prolongan, las lluvias son cada vez más extremas y muchas especies desaparecen silenciosamente. La naturaleza nos está enviando señales claras, pero aún estamos a tiempo de escucharla.

La ciencia ha demostrado que este calentamiento global se debe, principalmente, al incremento de gases de efecto invernadero generados por nuestras actividades, tales como el dióxido de carbono (CO₂), el metano (CH₄) y el óxido nitroso (N₂O). La quema de combustibles fósiles, la deforestación, la modificación del uso de suelo y ciertas prácticas agrícolas continúan alterando el delicado equilibrio del planeta.

El Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025 del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte que las emisiones mundiales de estos gases aumentaron alrededor de un ocho por ciento respecto al promedio de la década de 2010 a 2019. Detrás de estas cifras existe una realidad que no podemos ignorar: la agricultura y el cambio de uso del terreno generan cerca del 19 % de las emisiones globales. Cada árbol derribado, cada ecosistema destruido y cada superficie degradada representan carbono que regresa a la atmósfera y acelera el aumento de la temperatura.

Pero también existe una buena noticia: la naturaleza posee una extraordinaria capacidad para ayudarnos a corregir el rumbo, y uno de sus mayores aliados permanece silencioso bajo nuestros pies. El suelo, un recurso que muchas veces consideramos únicamente como la tierra donde sembramos o construimos, es, en realidad, uno de los mayores almacenes naturales de carbono del planeta. En una superficie sana habitan millones de microorganismos que trabajan sin descanso, transformando la materia orgánica y reteniendo partículas que, de otra manera, permanecerían en el aire contribuyendo al calentamiento global.

Cada centímetro de suelo fértil representa años, décadas e incluso siglos de historia natural. Formarlo puede tomar cientos de años; destruirlo requiere apenas unos cuantos minutos.

Por ello, la gestión del carbono orgánico del suelo, especialmente en los terrenos minerales, constituye una de las estrategias más prometedoras para enfrentar la crisis climática. Sin embargo, esta captura solo será verdaderamente útil cuando esté sustentada en la ciencia, la transparencia y la responsabilidad. Una contabilidad de alta integridad debe demostrar que el elemento almacenado es realmente adicional, que permanecerá retenido durante largos periodos, que las estimaciones consideran la incertidumbre, que no se desplazan emisiones hacia otros lugares y que todo el proceso puede verificarse con rigor científico. No se trata únicamente de acumular toneladas en una estadística, sino de recuperar la salud de nuestros ecosistemas y garantizar que las acciones emprendidas produzcan beneficios reales para el medio ambiente.

Un terreno sano no solamente captura carbono, sino que también conserva el agua que beberemos mañana, alimenta los cultivos que sostienen nuestra seguridad alimentaria, protege la biodiversidad, disminuye la erosión y fortalece la resiliencia de las comunidades frente a sequías e inundaciones. Cuidar la tierra es cuidar la vida.

Muchas veces pensamos que la emergencia climática es un problema demasiado grande para que una sola persona pueda hacer la diferencia, pero no hay nada más lejano de la realidad, ya que las grandes transformaciones comienzan con pequeñas decisiones. Plantar un árbol, evitar la contaminación, proteger un bosque, conservar un campo agrícola, reducir el desperdicio de alimentos o enseñar a la niñez a amar la naturaleza son acciones que, multiplicadas por millones de personas, pueden cambiar el destino de la humanidad.

La verdadera riqueza de una nación no se mide únicamente por su desarrollo económico, sino por la salud de sus ríos, la fertilidad de sus campos, la diversidad de sus bosques y la conciencia ambiental de su gente. Hoy, el mundo posee el conocimiento científico para comprender el problema y dispone de la tecnología para enfrentarlo; lo único que no podemos seguir posponiendo es nuestra voluntad de actuar.

El planeta no necesita héroes, necesita ciudadanos conscientes; requiere mujeres y hombres que comprendan que cada acción cotidiana deja una huella, la cual puede convertirse en un legado de esperanza o en una pesada carga para quienes aún no han nacido.

Cuando un bosque desaparece, todos perdemos; cuando un río se contamina, todos enfermamos; cuando un suelo se degrada, todos comprometemos nuestro futuro. Por el contrario, cuando protegemos la naturaleza, esta siempre nos devuelve mucho más de lo que recibe.

Quizá nunca podamos ver el carbono que permanece almacenado en la tierra; sin embargo, sí veremos sus beneficios reflejados en un clima más estable, en alimentos más seguros, en agua más limpia y en ecosistemas más saludables. Aún estamos a tiempo: cada árbol que conservamos, cada hectárea que restauramos y cada decisión responsable que tomamos representan una promesa para las próximas generaciones.

Debemos recordar que no heredamos la Tierra de nuestros padres, sino que la recibimos prestada de nuestros hijos, y el momento de devolverla en mejores condiciones comienza hoy, con cada uno de nosotros.



Semillas del territorio: cultivando esperanza, diversidad y autonomía.



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1Profesor investigador del Área Académica de Química en el Instituto de Ciencias Básicas e Ingeniería-UAEH