La mesa de Moctezuma: El sabor de un imperio
Por Isaac Darío Aguilar Ortega
Fotografía: Mariana Roldan Reyes
Mucho antes de que la gastronomía fuera entendida como una expresión de identidad, cultura y patrimonio, la comida ya ocupaba un lugar fundamental en la historia de los pueblos. Para las sociedades que habitaron el México prehispánico, esta relación adquirió una dimensión profunda. Productos como el maíz, el cacao, el chile o el frijol representaban mucho más que una base alimenticia, ya que formaban parte de una cosmovisión en la cual alimentarse podía ser un acto ritual, una manifestación de pertenencia y una forma de honrar a los dioses.
Aunado a ello, la comida también era sinónimo de poder, un escenario donde la abundancia, la variedad de ingredientes y la diversidad de platillos daban fe de la riqueza, la jerarquía y el dominio de los gobernantes. En esta edición de la Revista Gaceta UAEH realizamos una entrevista con Brenda Zamora Canales, egresada de la Licenciatura en Gastronomía de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), para hablar a manos llenas sobre los banquetes de Moctezuma y el impacto cultural, político y religioso que proyectaban al mundo de aquel entonces.
El banquete del Tlatoani
En el mundo mexica, la gastronomía se vinculaba a todos los aspectos de la vida cotidiana, tales como la economía, el comercio, la religión y la política. El cacao, además de usarse en bebidas y prácticas rituales, era tan valioso que sus semillas funcionaban como medio de intercambio y formaban parte de los tributos que el imperio demandaba a los pueblos sometidos. De este modo, no constituía tan solo un sostén económico, sino una muestra innegable de poder y una fuente inagotable de diversidad de productos.
En ese sentido, la egresada Garza compartió que los banquetes de Moctezuma no eran una cuestión menor dentro del imperio. En las cocinas del palacio se preparaban diariamente más de 300 platos destinados al emperador, además de más de mil raciones para quienes formaban parte de su entorno y servicio. La organización era meticulosa en extremo, pues la cocina palaciega requería tiempo, conocimiento, disciplina y una división precisa del trabajo. Las preparaciones comenzaban desde temprano y aprovechaban una enorme variedad de ingredientes: aves, venados, peces y otros productos de los lagos, así como verduras, frutas, chiles, semillas, tamales y diferentes guisos a base de maíz.
“No se trataba simplemente de alimentar a un gobernante; la comida debía demostrar que el imperio tenía los recursos, las rutas comerciales, la organización y la autoridad necesarios para llevar hasta la mesa del tlatoani productos provenientes de territorios diversos. Cada plato podía ser entendido como una pequeña muestra de la extensión y capacidad de aquel mundo político y, a su vez, como una demostración de poder”, mencionó Brenda Zamora.
Los guisos se mantenían calientes sobre pequeños braseros de barro y el gobernante podía elegir entre una enorme variedad de preparaciones.
El ritual de comer
La alimentación de Moctezuma estaba rodeada de estrictos protocolos, como el lavado de manos previo a la ingesta o el hecho de que el líder podía elegir personalmente los manjares que consumiría, los cuales eran presentados con una solemnidad acorde a su alta posición. El emperador incluso permanecía apartado de la vista de los demás mientras degustaba sus alimentos, resguardado detrás de una especie de separación o biombo.
En la sociedad mexica, el gobernante ocupaba una posición política y simbólica excepcional, ya que su figura articulaba la relación entre el gobierno, la comunidad y el ámbito sagrado. De ahí que incluso acciones aparentemente cotidianas, como sentarse a comer, adquirieran una dimensión ceremonial.
Estos magnos eventos, además, no tenían un único propósito. Existían banquetes vinculados con ritos religiosos, acontecimientos políticos y momentos de transición, como la elección de un nuevo tlatoani. Así, el acto de compartir la mesa podía celebrar, agradecer, legitimar y establecer vínculos inquebrantables.
En el mundo mexica, la gastronomía se vinculaba a todos los aspectos de la vida, incluyendo la economía, el comercio, la religión y la política.
Una herencia que todavía se sirve
Hablar hoy de los banquetes de Moctezuma no debería limitarse a imaginar una mesa cubierta de cientos de platillos. La verdadera riqueza está en comprender todo lo que había detrás de ellos: agricultores, comerciantes, cocineras, tributos, mercados, territorios, conocimientos y creencias ancestrales.
México presume con razón la riqueza de su gastronomía, reconocida internacionalmente como una expresión fundamental de su patrimonio cultural. Sin embargo, esa celebración también invita a mirar más allá del plato. Cada preparación tradicional contiene historias de comunidades y saberes transmitidos durante generaciones; detrás de un ingrediente existen tierras, personas y formas de entender el mundo que merecen ser conocidas y valoradas.
La comida ha sido, desde siempre, una forma de encontrarnos. Las mesas llenas reúnen a las familias, fortalecen los lazos sociales y conservan los recuerdos. En el México prehispánico, este hábito también fue un lenguaje capaz de hablar de religión, economía y jerarquía.
“Muchas veces hablamos del orgullo que sentimos por nuestra cocina, pero no hacemos nada para defender nuestras tradiciones o darles su verdadero valor. La comida es unión; cada vez que compartimos un alimento, preservamos una receta o nos sentamos alrededor de una mesa, estamos contando quiénes somos”, concluyó la especialista.