Revista Gaceta UAEH

¿Y si sí?: El Mundial de fútbol desde la mirada de las relaciones internacionales


Ciro Bladimir Tapia Mendoza 1 y María de los Ángeles Chincolla Arias 2
Fotografía: Chat GPT


Como cada cuatro años, miles de personas viajan desde distintos países y se concentran en las gradas para alentar a su selección favorita, mientras esperan impacientes el silbatazo inicial para que ruede el balón. En esta ocasión, la sede compartida entre Canadá, Estados Unidos (EUA) y México rompió el molde al ser el primer torneo organizado de manera tripartita. Para este certamen, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) expandió el formato a 48 selecciones, en contraste con las 32 anteriores, y repartió los encuentros en 16 ciudades anfitrionas. Destaca el hecho de que México se convirtió en el primer país en albergar tres Copas del Mundo, celebradas en 1970, 1986 y 2026; a la par, el Estadio Azteca rompió el récord internacional al recibir tres partidos inaugurales a lo largo de su historia.

Sin embargo, este magno evento no es solamente un juego. Cada justa deportiva es una fiesta de colores con una mezcla de culturas y costumbres que convergen en un solo espacio, el cual está cargado de algo más que goles, formaciones tácticas y cánticos en las gradas. Detrás del espectáculo existe un complejo juego de poderes e intereses que rara vez se nombra desde las cabinas de transmisión, pero que los gobiernos conocen a la perfección.

El politólogo estadounidense Joseph Nye acuñó el término soft power, o poder blando, para describir la capacidad de seducir sin imponer, de convencer sin obligar y de someter sin recurrir a la fuerza. Pocos espacios resultan tan eficaces para influir, atraer y persuadir como un Mundial de fútbol. En este escenario no es necesario enviar tropas militares ni firmar tratados, pues basta con que millones de personas asocien a una nación con la fiesta, la buena organización, la hospitalidad y una marca-país que se cuela en las sobremesas de medio planeta. En la edición de Catar 2022 las autoridades locales lo entendieron a la perfección cuando transformaron un desierto en majestuosos estadios, mientras que Rusia 2018 se convirtió en un ejercicio de relaciones públicas para blindar sus propios intereses y afinidades geopolíticas.

En 2026, Norteamérica compartió esta responsabilidad simbólica, la cual fue anunciada como un proyecto de unidad regional. No obstante, en la práctica existió una interdependencia asimétrica donde Estados Unidos reflejó su supremacía al acaparar 78 partidos, incluida la gran final, dejando a Canadá y a México con tan solo 13 encuentros cada uno. Esta dinámica también demostró una fuerte fragmentación diplomática, evidenciada en tensiones políticas como las provocadoras declaraciones estadounidenses sobre Canadá, las fricciones por la revisión del T-MEC y las preocupaciones en torno a su vigencia. A esto se sumó la compleja realidad de la violencia en territorio mexicano, así como las rígidas políticas migratorias y de combate al narcotráfico impulsadas por la Casa Blanca. Un claro ejemplo de estas barreras fue el caso de la selección iraní, la cual tuvo que establecer su campamento base en Tijuana, o el incidente del árbitro somalí Omar Abdulkadir, a quien se le negó el ingreso a territorio estadounidense.

Asimismo, resulta fundamental destacar que la FIFA opera como un actor supranacional en el sentido más preciso del término. Esta organización no responde a ningún poder público y carece de fronteras que defender; sin embargo, impone condiciones jurídicas, fiscales y de seguridad a los Estados anfitriones con una autoridad que muy pocas instituciones internacionales poseen.



La FIFA: institución organizadora y dispositivo de poder



La federación negocia en silencio y los países firman sus acuerdos, ya que negarse significa quedar fuera del espectáculo más visto del planeta. Estamos, entonces, ante una forma de poder que no nació de ningún tratado constituyente, sino de la popularidad misma de la disciplina. Lo que le otorga verdadera autoridad a esta institución son los cinco mil millones de espectadores que sintonizan el torneo. En este sentido, el deporte no es un espacio neutral ajeno a la política, sino un tablero de ajedrez donde se libran las disputas históricas de siempre, definiendo quién decide, quién paga y quién se beneficia en función de sus propios intereses.

Pero ¿por qué las naciones anhelan ser anfitrionas de este evento? La respuesta radica en que la fiebre mundialista genera impactos multimillonarios en las economías formales mediante el turismo, la hotelería y los derechos de transmisión. Paradójicamente, la economía informal y el comercio popular, sectores que sostienen el día a día de buena parte de nuestras ciudades, suelen quedar al margen de los lucrativos contratos de patrocinio.

A pesar de estas contradicciones de cúpula, existe un elemento genuino en la fiebre mundialista: la emoción colectiva. El acto de festejar con desconocidos en las plazas principales de todo México, la identidad nacional que se reinventa en cada partido, el canto unísono del himno nacional o del tradicional Cielito Lindo, e incluso las celebraciones populares cargadas de personajes folclóricos, espumas y algarabía, representan un fenómeno sociológico innegable.

Los visitantes extranjeros también se sumaron a la celebración y se expresaron muy bien del país, destacando a los mexicanos como excelentes anfitriones debido a su calidez, hospitalidad y creatividad. Ahora que la Copa del Mundo ha finalizado, solo queda mantener la esperanza de trascender deportivamente en la próxima edición. Para lograrlo, será necesario trabajar en un proyecto estructurado desde este momento, y no a escasos meses de la competencia, de modo que el equipo logre ilusionar nuevamente a la afición y vuelva a popularizarse la icónica frase: "¿Y si sí?".



Bajo nuestros pies está el futuro del planeta 3


1Egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la UAEH. Correo: ta400214@uaeh.edu.mx
2Profesora Investigadora del Área Académica de Ciencias Políticas y Administración Pública de la UAEH. Correo: Maria_chincolla@uaeh.edu.mx