La ropa que nos viste y el mundo que desviste
Por Ciro Bladimir Tapia Mendoza1
Fotografía: Gemini
Hay una intimidad extraña en la ropa. Nos cubre, nos define y nos ayuda a forjar nuestra personalidad al crear una identidad legible ante los demás; sin embargo, pocas veces pensamos en ella como un objeto político. La moda rápida ha logrado algo notable: convertir el acto de vestirse, uno de los más antiguos gestos de la cultura humana, en un ciclo de obsolescencia programada. Vemos colecciones que cambian cada semana, prendas diseñadas para durar lo que dura una historia de Instagram y cuerpos que consumen indumentaria como quien consume contenido digital, de forma rápida, desechable y sin memoria.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han diría que esta es la lógica misma de la sociedad del cansancio trasladada al clóset: producir, desechar y producir de nuevo, sin pausa. No hay tiempo para que una prenda envejezca con nosotros, para que cuente una historia, se remiende o se herede. La vestimenta, como el sujeto neoliberal contemporáneo, se agota en su propio rendimiento, y cuando deja de ser útil simplemente se descarta, sin ceremonia ni culpa, porque siempre hay una pieza nueva esperando ocupar su lugar.
Detrás de esa playera en oferta en el aparador hay una cadena de decisiones profundamente políticas. En primer lugar, se encuentra la geografía global del trabajo mal pagado en talleres de Bangladesh, Camboya y Vietnam, donde cuerpos racializados, mayoritariamente femeninos, sostienen con su explotación el precio bajo que nosotros disfrutamos sin preguntar demasiado. En segundo lugar, destaca la brutal huella hídrica de una industria que consume más agua dulce que casi cualquier otra, pues se necesitan cerca de dos mil setecientos litros para elaborar una sola camiseta de algodón, el equivalente a lo que una persona bebería en años. Finalmente, está el desenlace, el cual se traduce en toneladas de prendas desechadas que terminan en vertederos a cielo abierto. El desierto de Atacama, en Chile, es ya un cementerio textil visible desde el espacio; buena parte de esa mercancía termina quemándose, lo que libera microplásticos que después respiramos, bebemos o comemos, ya que esas fibras sintéticas se encuentran incluso en el agua de lluvia y en la sangre humana.
Llegados a este punto, conviene detenerse en una trampa discursiva muy propia de nuestra época: el greenwashing. Las mismas marcas que operan a un ritmo insostenible lanzan colecciones etiquetadas como conscientes, sustentables o eco-friendly, apelando a un consumidor que desea sentirse tranquilo sin cuestionar el modelo de fondo. Se trata de una operación casi foucaultiana del gobierno de las conductas, donde se nos ofrece la ilusión de elegir responsablemente dentro de un sistema que en su estructura sigue siendo depredador. Comprar una línea "verde" de una empresa que saca cincuenta y dos colecciones al año apenas maquilla la culpa, sin tocar de raíz el mecanismo que la produce.
Aquí es donde la ciencia política tiene mucho que aportar. Moralizar al comprador pidiéndole que adquiera menos o que recicle su armario individualiza una responsabilidad que, en realidad, es estructural. El problema radica en el diseño institucional; por ello, habría que preguntarse qué regulaciones existen o faltan sobre la responsabilidad extendida del productor, cuáles tratados comerciales permiten que la externalización del daño ambiental sea rentable y qué políticas públicas podrían incentivar las economías circulares en lugar de castigar únicamente al usuario final. Algunos países europeos ya discuten leyes que obligan a las empresas a hacerse cargo del ciclo de vida completo de sus artículos, desde el diseño hasta el reciclaje, para trasladar el costo ecológico de vuelta a quien lo genera. Este es un claro ejemplo de cómo la gestión pública puede intervenir allí donde la buena voluntad individual sencillamente no alcanza.
El filósofo Leopoldo Zea insistía en pensar a América Latina como sujeto de su propia historia y no como una periferia pasiva. En este escenario, el continente juega un doble papel: es consumidor de las tendencias globales y, al mismo tiempo, receptor final de sus desechos. México, sin ir más lejos, recibe toneladas de prendas usadas que llegan como donación y terminan en basureros. Ciudades como Puebla o algunas zonas fronterizas del norte del país ya enfrentan montañas textiles similares a las de Atacama, aunque con mucha menos visibilidad mediática. Reflexionar sobre la moda rápida desde la política latinoamericana implica preguntarnos si queremos seguir siendo el vertedero del Norte global, o si podemos construir marcos regulatorios propios que sean capaces de frenar tanto la sobreproducción externa como la importación irresponsable de residuos ajenos disfrazados de caridad.
Frente a este panorama existen alternativas que, aunque modestas ante la magnitud del problema, apuntan hacia otra manera de habitar nuestra vestimenta. El consumo de segunda mano, los talleres de costura comunitaria, el trueque entre vecinos y el apoyo a diseñadores o textileras locales que trabajan con fibras naturales mediante procesos justos configuran una especie de resistencia cotidiana, pequeña pero real, frente a la lógica del descarte permanente. Es una forma de recuperar cierta agencia política sobre algo tan básico como lo que decidimos ponernos encima todos los días.
Michel Foucault nos recordaría que el cuerpo es el primer territorio de disputa política; vestirlo, entonces, nunca es un acto neutral. Cada prenda que compramos, o que decidimos no adquirir, representa una toma de posición, por diminuta que sea, dentro de un entramado de poder que abarca desde el taller de costura hasta el vertedero, pasando por la publicidad que nos convence de que necesitamos algo nuevo cada semana.
La conciencia política, al final de cuentas, no está reñida con el placer de vestir bien. Está reñida con la amnesia, con el hecho de olvidar que detrás de cada tela hay manos, agua, tierra y decisiones de poder que alguien, en algún lugar, tomó por nosotros. Vestirnos con memoria, quizás, sea también una poderosa forma de hacer política.
¡Nos leemos pronto!
1Egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la UAEH. Correo: ta400214@uaeh.edu.mx